Me atormenta una pregunta a mi cabeza, a mi cabecita
pensante, a mi cabecita divagante, divagan pensamientos divagadores… y sin más,
ahí va:
¿Flexibilidad o rigidez? Además de presentarse esta
preguntilla, listilla e importunarte, se quiere colar en todos lados, se
generaliza a toda cuestión; en principio pensé dedicársela a los diestros en la
enseñanza; a los maestrillos y a sus librillos, a cada uno de los que van
buscando bocetos que ocultan verdades,
que esclarecen realidades. A todos, los que de algún modo, intentan enseñar,
educar, mostrar… las verdades absolutas,
de forma absolutamente nefasta… En fin,
dejemos la dedicación a los que de alguna forma, conforman las estructuras y
procedimientos de este nuestro sistema educativo actual. (O simplemente,
dejémoslo, sin dedicar).
Cuando los mencionados maestrillos entran en la universidad
(para ser preparados como tales), quizás entonces, no desborden vocación, pero
sí libertad, pero, ahí va otra preguntilla; ¿es el sistema el que se encarga de
matar cualquier atisbo de libertad? De hecho, si no les queda ninguna no podrán
enseñarla a los pobres neófitos.
Y realmente, tanto programa y tanta materia necesita, rígida
o no, una estructura; un leve y ameno procedimiento que te recuerde que no se
trata de un mitin político, sino de la clase de historia…Y si al enseñar, ¿nos
quedamos con las estructuras en las manos? Es decir, ¿si con tanto continente
nos olvidamos del contenido? Y es que si uno tuviera el tamaño adecuado,
arrancaría la casa quedándose con el tejado en las manos, y pobre contenido al
descubierto… Casas colgantes, el estilo del principito.
Lo que “no” trato de decir, es que quizás los seguros de las
casas aseguren el continente y no el contenido, pero en cuanto a los alumnos se
refieren ellos no son la parte contratante…Pero, ya basta de divagaciones, (no
digáis que no lo advertí). Porque se puede enseñar dentro de una casa, o al aire
libre; se puede enseñar con el ejemplo o intentar esconderlo para, a ser
posible, enseñar algo. Pero evidentemente, sea como sea, no hablo desde el
balcón del anarquismo, necesitamos límites. Límites, que nos enseñen, que nos
fortalezcan, sobre todo, al ser superados, límites que dibujen las líneas de
unos principios, principios que corroboren nuestro estilo de vida. Principios
de masificación, 30 o 40 alumnos por clase, y sólo cinco minutos por paciente,
querido doctor (lo siento, sigo generalizando); principios que se correspondan
a igualarnos, que se correspondan al estatus estadístico del pro-medio, y miedo
a salirnos de la moda. A principios que te recuerden quien manda en el mundo,
no por su nombre; “Consumismo”, sino por tus actos; “Consume”.
Sí, estos son nuestros principios, pero si no os gustan los
cambio.
Lo que no trato de decir, es que quizás los pobres
maestrillos, a quien se lo dirijo, apenas tengan culpa, pues tienen que
estructurarse a unas estructuras y olvidarse de enseñar. Pero si en vez de
libertad, rebosarán vocación, entonces, quizás, y sólo quizás, también la
hubieran enseñado. Entonces quizás del sistema salieran libres y libertadores.
Entonces salieran apasionados y apasionando, entonces quizás salieran
desestructuradores. O en cualquier caso salieran de un colegio (sin haber
entrado) con estructuras nuevas, preparadas para un nuevo mundo, con unos
nuevos principios. Unas estructuras creadas al estilo flexi-boom de los cuatros fantásticos, o de la goma eva. En fin, este es nuestro mundo si no os gusta
cámbienlo.